lunes, 15 de octubre de 2012

REFLEXOPUTA
Un relato de la madre naturaleza.

No os riáis, pero en aromaterapia te avisan de que nunca enciendas una vela de limón y canela al mismo tiempo que enciendes una vela de clavo y una vela de cedro y de nuez moscada. Y no te dicen por qué... En el feng-shui nunca lo explican, pero por el mero hecho de poner una cama en el lugar incorrecto, puedes concentrar el bastante chi como para matar a alguien. Puedes provocar un aborto en la última fase del embarazo mediante la simple acupuntura. Puedes usar cristales y manipular el aura para causarle a alguien cáncer de piel. 
No os riáis, pero hay formas subrepticias de convertir cualquier cosa New Age en una herramienta para matar. 
En la última semana de la escuela de masaje, te enseñan a no trabajar nunca la zona refleja transversal del talón del pie. A no tocar nunca el arco del dorso del pie izquierdo. Sobre todo el aspecto de la parte más exterior izquierda. Pero nunca te dicen por qué. Esa es la diferencia entre los terapeutas que trabajan en el lado de la luz y los que están en el lado oscuro de la industria. 
Vas a la escuela a estudiar reflexología.  La ciencia de manipular el pie humano para curar o estimular ciertas partes del cuerpo. Se basa en la idea de que el cuerpo está dividido en diez meridianos de energía distintos. El dedo gordo del pie, por ejemplo, está conectado directamente con la cabeza. Para curar la caspa hay que masajear la articulación media del dedo gordo. Es un tipo de medicina de las que no entran en ningún seguro medico. Es como ser medico din los ingresos de un médico. La clase de gente que quiere frotar el espacio que queda entre los dedos de los pies para curar el cáncer cerebral no suele tener dinero a patadas.
No te rías, pero un día ves a una chica con la que fuiste a la escuela de masaje. Una chica que es de tu edad. Las dos lucisteis cuentas juntas. Las dos trenzasteis salvia seca y la quemasteis para limpiar vuestro campo de energía. Las dos llevasteis ropa desteñida y fuisteis descalzas y lo bastante jóvenes como para sentiros nobles mientras frotabais los pies de la gente mugrienta y sin casa que acudía a las clínica gratuita de la escuela. De eso hace muchos, muchos años.
Tú sigues siendo pobre. El pelo se te ha empezado a romper en las raíces. Ya sea por la mala dieta o por efecto de la gravedad, la gente cree que está frunciendo el ceño cuando no es así.
Esa chica con la que fuiste a la escuela, ahora la ves saliendo de un hotel pijo en Midtown, y el portero le aguanta la puerta abierta mientras ella sale majestuosamente con un abrigo de piel ondeando y con unos zapatos de tacón alto en los que ninguna reflexóloga metería nunca los pies.
Mientras el portero está parándole un taxi, te acercas a ella lo bastante como para decir:
-¿Lentejas?
La mujer se gira y sí que es ella. En la garganta le brillan diamantes de verdad. Su pelo largo reluce, espeso, agitándose en oleadas de color rojo y castaño. El aire que la rodea despide un suave olor a rosas lilas. Su abrigo de piel. Sus manos enfundadas en guantes de piel, una piel suave y pálida y más agradable que la piel de tu cara. La mujer se gira, se levanta las gafas de sol y se las coloca en la coronilla. Se te queda mirando y te dice:
-¿La conozco?
Fuisteis juntas a la escuela. Cuando erais jovenes... más jóvenes. 
El portero sostiene abierta la puertezuela del taxi. Y la mujer dice que claro que se acuerda. Se mira el reloj de pulsera, lleno de diamantes que resplandecen bajo el sol de la tarde, y te dice que dentro de veinte minutos tiene que estar en la otra punta de la cuidad. Y te pregunta por qué no la acompañas.
Las dos os metéis en la parte de atrás del taxi y la mujer le da al portero un billete de veinte dólares. Él se toca la gorra y le dice que siempre es un placer verla.
La mujer le da al taxista la siguiente dirección, un lugar un poco más hacia el Uptown, y el taxi gira para sumarse al tráfico.
No te rías pero esta mujer -Lenteja, tu vieja amiga- saca un brazo envuelto en pieles del asa de su bolso, lo abre y en el interior resulta estar atiborrado de dinero en metálico. Montones y montones de billetes de cincuenta y cien dólares. Con una mano enguantada, hurga entre los billetes y encuentra un teléfono movil. Y te dice: 
-No es más que un momento.
Al lado de ella, tu falda ajustada de algodón con estampados indios, tus sandalias estilo chancleta y tu collar con cencerro ya no parecen étnicos ni chic. El kohl que llevas alrededor de los ojos y los dibujos de henna desvaídos que tienes en el dorso de las manos te dan el aspecto de ser una persona que no se baña nunca. Al lado de los pendientes tachonados de diamantes de ella, tus pendientes favoritos colgantes de plata tienen pinta de adornos del árbol de Navidad comprados en una tienda benéfica de segunda mano.
Ella dice por el teléfono móvil:
-Estoy de camino.-Dice-: Puedo coger al de las tres en punto, pero solo le puedo dar media hora.-Dice adiós y cuelga.
Ella te toca la mano con un guante suave y liso y te dice que tienes buen aspecto. Te pregunta que has estado haciendo últimamente.
Oh, lo mismo de siempre, le dices. Manipular pies. Te has construido una buena lista de clientes regulares. 
Lenteja se muerde el labio inferior mirándote, y dice:
-Entonces...¿Todavía te dedicas a la reflexología?
Y tú dices que sí. No ves muy claro cómo te vas a poder jubilar alguna vez, pero por lo menos te da para vivir. Ella se te queda mirando mientras el taxi recorre una manzana entera, sin decir palabra. Luego te pregunta si tienes la próxima hora libre. Te pregunta si te gustaría ganar un dinero, libre impuestos, haciendo una manipulación de pies a cuatro manos para su siguiente cliente. Lo único que tienes que hacer es encargarte de un pie. 
Nunca has practicado la  reflexología con una socia, le dices tú.

Le dices a tus padres que tengan cuidado. Les dices que no dejen que ningún desconocido les dé un masaje. Los llamas desde una cabina y les dices que nunca se metan en la aromaterapia. En las auras. En el reiki. No te rías, pero vas a pasar mucho tiempo viajando, tal vez el resto de tu vida. No lo puedes explicar. Llegado este punto, se te han acabado las monedas, así que les dices adiós a tus padres.

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