martes, 5 de febrero de 2013

Pero tengo el secreto de Dios escrito en un cuaderno.



Hoy estoy triste, estoy dolida. No me refiero a la típica tristeza por la rutina, o por sentirte encerrada en un mundo que no te comprende. Tampoco es esa tristeza que te deja un sabor amargo en la boca y una sensación de vacío en el pecho mientras tu cabeza se acumula de pensamientos que te hacen arrastrarte por los suburbios de tus sentimientos más profundos. Es esa tristeza que lo mezcla todo. Esa que no se comprende. Esa que pasa y se queda a tu lado durante mucho tiempo. La que te hace llorar desconsoladamente. La que te hace reflexionar y repasar toda tu vida. Esa que te hace cerrar el corazón, como cierras tus párpados. Y es que necesito tus besos. De esos que llegan hasta el museo de mi mente, de esos que te calman incluso el ánima, de esos que se pierden para transformarse en lágrimas. Más tu eres como las rosas, con espinas, yo con alas finas, como las mariposas. La lluvia de mis ojos cual tormenta de verano. 


 Es tan efímera, infame, la filigrana y la felicidad se enferma, y se esfuma. 

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